El infierno de los escépticos // Miedo y asco en la Tierra Media

Ivo ilustración
                                                                                                                                                     Ilustración por Artivo

Lo odio todo, no es ningún secreto. A lo largo de mi vida he tenido que lidiar con la increíble frustración de no poder comprender cómo funciona el raciocinio de la mayoría de mis compañeros de clase, de mis amigos de la calle o de mis compañeros de trabajo. Durante años he luchado por mantenerme en calma mientras veo cómo la lógica y el pensamiento crítico es arrasado por el sin sentido y el pensamiento mágico-pendejo.

No soy ningún erudito, ni siquiera creo ser una persona particularmente inteligente, ni por error. Pero desde la psicomagia de Jodorowski, hasta las afirmaciones sin ton, ni son, realizadas por alguna imagen anónima y sin sustento de que *insertar producto random de consumo básico* cura el cáncer, me revuelven el estómago y acrecientan mi cada vez más intolerante misantropía. Me devasta la obstinación de la ignorancia, ya que esta por sí misma no es absolutamente ningún crimen, pero el estancamiento a plena consciencia en esta, es lo más aberrante que puedo imaginarme.

Somos una especie floja, acomodaticia y orgullosa. Odiamos tener qué pensar, odiamos estructurar nuestras ideas, odiamos leer e informarnos. Es más fácil confiar en que un jugo mágico limpiador va a curarnos, que levantarnos e ir al médico. Infinidad de gente argumentará que precisamente esto sería lo fácil y es precisamente esa gente la que cree vehementemente en que hay un complot internacional entre la comunidad científica y las industrias farmacéuticas para destruir nuestra salud y quedarse con nuestro dinero, si bien esta última opción es completamente viable, resulta muy poco cómodo descubrir que una conspiración a escala mundial en este sentido es ridículo y paranoico, en especial por el hecho de que cuba desarrolló una vacuna contra el cáncer desde hace 4 años. Pero olvidenlo, recuerden que las vacunas son malas y causan autismo. (Cuba Has a Lung Cancer Vaccine—And America Wants It)

Una mentira dicha un millón de veces no la convierte en una verdad, así como millones y millones de voces rezándole a un mismo Dios no hace que este exista. Vivimos en un país -y me atrevería a decir, en un mundo- completamente desquiciado y peligroso. Según una encuesta realizada por el CONACYT y por el INEGI en el 2011, sobre la percepción pública de la ciencia y la tecnología, el mexicano confía más en la suerte, en la magia, en la existencia de ovnis, fantasmas y chupacabras, que en la ciencia, la medicina y la ingeniería. A pesar de esto, el público en general se encuentra bastante cómodo utilizando smartphones, smar TV’s y computadoras. (Mexicanos confían más en la fe, la magia y la suerte que en la ciencia: encuesta)

Dentro del mismo estudio, se reveló que la mayor parte de la gente encuestada considera peligrosos a los científicos por el hecho de contar con un espectro de conocimiento más amplio. ¿En serio despreciamos tanto el avance?Amamos discutir sobre valores, amamos discutir sobre bondad, sobre maldad, sobre corrupción y miseria, pero detestamos cuestionarnos el sencillo hecho de nuestra existencia. Como ateo, lidio cada día con el pensamiento de la muerte, ya que al «carecer» de este sistema de creencias, me veo obligado a abandonar toda idea de una vida más allá de la muerte, y esto aterra a la mayoría de las personas. No concebimos la nada, no concebimos la soledad. Es incómoda. Le falta emoción, alegría… por lo tanto se apega más a lo que sabemos de la realidad, a lo que percibimos de ella. Es completamente incomodo y lo desechamos.

Amamos las buenas historias, las buscamos en el cine, en la literatura, en la música, en las leyendas urbanas. Yo las adoro. Y lo común es traspolarlas a nuestra vida diaria, las incorporamos como parte de nuestra realidad. Lo hacemos con historias de fantasmas, con curaciones milagrosas, con conversaciones divinas. Es más fácil aceptar que existe el alma que aceptar que tenemos una enfermedad mental -porque si alguien me dice que conversó su abuelita muerta, o con un angel, lo más seguro es que piense que esa persona necesita ayuda médica urgente.

Es común escuchar la frase «pensamos demasiado y sentimos muy poco», creo que es una completa ofensa hacia los siglos de avance que en efecto hemos tenido como especie -a pesar de nuestras innumerables y aún peores fallas- el hecho de considerar que se puede «pensar demasiado» demuestra el nulo respeto que le tenemos a la razón. Hoy en día muy poca gente duda que Galileo la tenía, sin embargo no consideramos que en ese momento el clero «sentía» que sabía qué rollo con los astros, a pesar de que Galileo sabía que no era lo correcto.

Soy un escéptico, por convicción mi evangelio es la duda. Aún así, como ser humano no exento de estructuras de pensamiento condicionadas por mi educación y mi contexto, creo en el sinsentido al más puro y depresivo estilo de Camus. No estoy seguro de qué correspondió a qué en este proceso de abandonar todo pensamiento mágico, por más cómodo que este resultara. Pero el hecho es que no concibo este tipo de acercamientos, hoy por hoy me son ajenos y repugnantes. Soy un ser corrosivo, amargo y frío. O al menos así me percibirá toda la gente que lea estas palabras y no comulgue con mis opiniones -y que según la encuesta anteriormente citada, será la mayoría. Pero me es inevitable.

No hace mucho, una amiga me platicaba sobre la teoría de que este mundo es lo que ella llamó: «un mundo kármico», es decir que aquí venimos a parar todos los que obramos mal en vidas pasadas, como una especie purgatorio. Creo que es innecesario decir que no creo en el karma o en las vidas pasadas o futuras, pero si todo esto resultara ser real, sería una verdad más que evidente y lapidaria, porque en efecto este mundo es corrupto, perverso y podrido irremediablemente. Digno de ser un lugar de expiación y castigo. Lo detesto, y además, me atrevería a decir que en especial, este mundo sería el infierno de los escépticos.