Un día en la FIL // Crónica

Feria Internacional del Libro
Universidad de Guadalajara
Instalaciones de la Expo
7 de diciembre del 2014

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En la oferta cultural del país, e incluso de latinoamérica, hay pocos eventos que atraigan tal número de asistentes como la famosa Feria Internacional de Libro. Desde su creación en 1987 ha juntado a personalidades del mundo artístico y literario a nivel global, y desde 1993 ha sido anfitrión de aproximadamente 22 países o regiones de todo el globo para exponer, principalmente, la oferta cultural de cada uno. Su éxito, influencia y permanencia es innegable, y a pesar de todo, no deja de sorprender lo increíblemente frustrante que puede significar pasearse por sus inmensos pasillos y salas de conferencia y sentir que algo no cuadra del todo.

Otro año más me enfrento a las titánicas filas para entrar a cualquier cosa. Ahora me fundiré entre la multitud como una especie diferente. Como otro tipo de monstruo que deambula sin rumbo por los gigantes pasillos llenos de luces, culeros y sonidos. Con mi pase de prensa logro escabullirme al evento cumbre de la pomposidad y «el amor a la cultura y el arte»: El Homenaje Nacional de Periodismo Cultural «Fernando Benitez» 2014. Un evento dedicado a la prensa, en donde la mayor parte de la prensa se mantiene a una distancia segura, apoyada en la pared, deambulando por aquí y por allá en lo que los Padilla y demás protagonistas deciden aparecerse en el estrado, o ya de plano, derrumbados en el suelo. Mantengo un perfil bajo, siempre con el temor de que alguno de ellos descubra la farsa y decida juntar a sus bestias y despedazarme trozo a trozo. Veo en sus caras el tedio de permanecer todo un día, minuto a minuto reportando los mismos discursos, chistes y sinverguenzadas de expositores y académicos que han sido cortados con la misma tijera. Todo un día de alabanzas al espacio ofrecido y a la importante labor de la academia en el mundo literario.

El homenajeado de este año es Virigilio Dante Caballero, normalista hijo de padres normalistas. La ceremonia empieza, cómo no, con un minuto de silencio a la memoria de Vicente Leñero, homenajeado en 1997 por este mismo evento y continúa con un recuento de la trayectoria del director del canal del congreso. Mientras Caballero habla sobre la importancia democratizadora del periodismo y de la crítica al estado por su ineptitud a esclarecer los hechos circundantes al caso Ayotzinapa, uno de mis colegas de al lado se dedica a cortejar brutalmente a una de las edecanes, mientras otra del otro lado, transcribe el discurso palabra a palabra en su mini laptop.

Salgo aturdido y cansado para encontrarme conque el programa de mano que me han ofrecido tiene mal los horarios de una conferencia de Alberto Chimal, así que con la desesperación y el hastío que me provoca darme cuenta que ya no alcanzaré a ver nada más, me dispongo a realizar la inhumana tarea de sumergirme en el abarrotado catálogo electrónico alguna de los libros que no parecen encontrarse en ninguna librería de la ciudad, a no ser que decida pasarme horas y horas metido en Lopez Cotilla preguntando por una versión usada. No es sorpresa que como bien me advirtieron, el dichoso catálogo es tan útil como los pezones en una coraza y mi temor de pasearme horas caminando perdido y sin rumbo por las editoriales es ahora tan abrumador que me armo de valor y emprendo el recorrido con los nervios de punta ante tanta, y tanta, y tanta gente comprando las mismas colecciones de los clásicos universales que puedes encontrar hasta en la misma biblioteca de tu abuelita, si tan solo se viera bien a la hora de subir a las redes sociales la foto que prueba que no eres «uno más del montón».

La selfie y el «compermiso jovén» es parte del paquete de desesperación que impregna el ambiente. Y los empleados de cualquier editorial, sea chica o gigante, que aparentemente conocen todos y cada uno de los miles de libros que componen el acervo de estas, te dicen con una seguridad tajante y exasperada que efectivamente, sin siquiera revisar, saben de facto que no tienen la última biografía de Alejandro Magno, ni la novela «Patrimonio» de Philip Roth. Esto cuando no te ven con cara de pobre diablo y sienten mucho informarte que «ya la empacaron» o «se les olvidó en la tienda». Y también resulta, que no conformes con quedarse con mi paciencia e ilusiones, quieren mi correo electrónico para informarme de las novedades que les pueden llegar con el último libro de aquel escritor best seller para jovenes adultos.

Las horas pasan y pasan, y aunque afortunadamente soy capaz de encontrar por mis propios medios la dichosa biografía del monarca macedonio, parece ser que cualquier escritor que no se mencione mínimo una vez al día entre la crema y nata de los intelectuales de café, no habrá manera de encontrarlo ni en esta feria ni en ningún otro lugar de la ciudad, salvo quizás en las bibliotecas de las universidades.

Sin duda la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es lo mejor que le ha pasado al mundillo cultural de nuestra región y si de un día para otro desapareciera, nos saldrían ulceras gástricas de tanto coraje que haríamos al quejarnos. Por otro lado pocos eventos despiertan tanto el hambre del público de hincharse con la autosatisfacción que supone el pensarse un ávido consumidor cultural, aún sin conocer cualquier otra aglomeración de creadores y productores el resto del año. Supongo que causa el mismo efecto en mí que ver el video de Hernan Casciari en TED Talks sobre Orsai, que ha sido proyectado una y otra vez, aún siendo que hoy en día esa revista ya no se imprime. El chiste no es desechar lo viejo y quitarle su valor y permanencia en estas ferias. Pero la frustración es inherente cuando se ignoran ciertos estándares de calidad hacia otros consumidores. Desde la información errónea de la oferta ofrecida, hasta la completa falta de ella en una base de datos mal actualizada, y tantos otros detalles. A fin de cuentas asistiremos año con año a esta magna fiesta de la Universidad de Guadalajara. Pero me resulta imperante establecer nuevas estrategias que ayuden a minimizar el factor deshumanizante que supone la producción en masa, enorme y apabullante del producto cultural. Los puentes se hayan tendidos y dispuestos, pero hay qué decidir si queremos cruzar por ellos caminando o encima de un bulldozer.