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Detrás del cabaret posporno // Crónica

Detrás del cabaret posporno // Crónica

Crónica del laboratorio de creación de cabaret posporno /
El cuerpo y las carnes convulsas
Nigredo Lab / El Embarcadero
Guadalajara, mx.

 

I
«Hola, vengo de parte de Amapola Cultura para realizar una crónica del taller.
-Ah, orale. Hola… no ha llegado nadie… ¿gustas pasar?»

El sol vespertino está por regalarnos los últimos rastros de iluminación, sin embargo dentro del foro escénico «El Embarcadero» el ambiente es frío y obscuro, casi cavernoso. Inmediatamente me quito los lentes de sol y entro a paso precavido a este lugar. He oído las peores cosas de esta gente. Van a arrancarme la cabeza, usarla de sombrero y bailar al rededor de mis viceras. Más vale estar listo para correr en cualquier momento. Pero sólo está este flaco de pelo azul sentado, haciendo lo que sea, notando mi evidente rigidez.

«-¿Fumas?
-Sí brother, pero no tengo cigarros.
-Ah, ok. Por aquí venden sueltos.
-Vientos.»

Al salir a la calle los albañiles trabajando ven con ojos sombríos el foro. Observan como criaturas vomitadas del séptimo infierno entran y salen constantemente de aquellas puertas en dónde dios-sabe-qué-pasará-allí-adentro. Somos seres extraños, pertenecientes a un mundo sacrílego que nunca terminarán de comprender -y no es como que nosotros lo hagamos. Pelo azul y yo compramos un par de cigarros y nos apostamos a la puerta para fumar. Se llama Carlos. Inmediatamente después de la forzada presentación, aparece una muchachita morena de pelo corto desde las entrañas de la cueva/foro escénico. Como llamados a una obra de teatro van apareciendo poco a poco los personajes de la puesta en escena de esta tarde; acto seguido aparece también una de las anfitrionas de la cobertura, nada más y nada menos que Anuk Guerrero, artista del performance que junto con su madre Claudia Árcega lideran la casa de producción artística «Nigredo Lab», agencia sede del laboratorio que coordina la reconocida Nadia Granados aka «La Fulminante», la abeja madre de la colonia de criaturas apartadas del camino de nuestro señor.

Por el momento me entero de algo un poco decepcionante, y es que la sesión de tallereo que con antelación había programado para cubrir a manera de crónica con ahínco periodístico y para nada morboso será una sesión de trabajo de mesa, de esas que son completamente necesarias y completamente aburridas. Ay, cómo erramos los mortales. Me arrebujo en mi papel de seriedad y otra vez dentro del recinto satánico me dedico a escuchar y hacer anotaciones de lo más trascendental -Valeria: pelo corto, Carlos: pelo azul- mientras mis anfitriones deliberan sobre las relaciones amorosas a temprana edad. Nos encontramos esperando a otro miembro del taller, pero cuando por fin concuerdan en que una de ellos ni siquiera había asomado la cabeza y se hacía tarde, partimos a la casa de las líderes del ya mencionado Nigredo Lab.

Una vez dentro nos esperaban otros dos miembros del show. La fulminante Nadia Granados y la escatológica Blanca Velez aka Anciana Senil -no mucho de lo primero, aunque no estoy tan seguro de lo segundo-, ambas se encuentran ya trabajando en los apoyos audiovisuales del show que ofrecerían la noche del sábado 29 de noviembre, en el foro anteriormente citado. Todos se colocan en sus puestos de trabajo. Me ofrecen esa repugnante bebida color excremento que todo mundo parece amar aparte de mí, la cual niego con cortesía y me acomodo en una silla para observar. Observar y preguntar.

 

II
Según la Wikipedia, el «performance» o «acción artística» es una muestra escénica «con un importante factor de improvisación» en el que el elemento del shock y la estética juegan un papel fundamental. Según mis maestros es un movimiento de anti-arte originado a partir de las vanguardias de la segunda mitad del siglo XX. Y según la mayoría de mis poco o muy cultivados e insufribles amigos, es una mierda intransigente. Pues bueno, aunque definitivamente hay mierda, la intransigencia no es lo primero que se me viene a la mente al observar estas piezas de arte.

Casi inmediatamente después de sentarme a escuchar los procesos creativos que suponen el uso de apoyos audiovisuales en este laboratorio, surge una de mis primeras preguntas. ¿Qué es esto?, y pronto me veo completamente sumergido en una charla abrumadora y constante al respecto de todas las dudas que giran al rededor de los grandes misterios que son aquellas personas a quienes vemos expulsar globos con sangre de cavidades donde no se supone que deberían estar en primer lugar. De la intromisión de objetos, de cuerpos y de escenarios en situaciones, tiempos y lugares que se nos escapan al entendimiento más cotidiano y que por años hemos aceptado como «lo normal» y lo «transgresor». Resulta que aquella vida que vemos reflejada en acciones desquiciadas y morbosas llenas de dolor, sufrimiento y redención, son absolutamente como cualquier otra disciplina y ambiente artístico, incluidos los sinsabores y las genialidades.

Anuk es una chica de lo más linda y simpática, dispuesta a hablar y hablar de los pormenores del arte que ha elegido para representar su vida, sus emociones y sus ideas. De día se llama Mariana y se encarga de lo que todos parecemos encargarnos en este medio: sobrevivir al infierno que supone elegir una disciplina artística/creativa/cultural en un país y un mundo que está diseñado para hacernos vacilar en constantes interludios entre la autosatisfacción, la ira y el estupor de «ir en contra de la corriente» -Lucifer sabe cómo amo y odio esta afirmación. Cuando no se encuentra lidiando con la institucionalidad de las artes, se encuentra ejerciendo una de las disciplinas que más reniegan de esto, atacando como justiciera con el nombre de «Lady Anuk», un alter-ego, una segunda piel que usa para denunciar lo que cree que no debería ser el humano. Lo primero que me asegura es que el arte performático -o arte acción, como se le conocen semi oficialmente en latinoamérica- «no debería categorizarse», principalmente por el hecho de que como anteriormente mencioné, se busca el rompimiento de lo oficial, de los filtros, de la sana cordura que todos los buenos ciudadanos, al corriente de nuestros impuestos y respetuosos de la ley y sus normas, sabemos que existe, sin dejar paso a cavilaciones o dudas de ningún tipo.

Lo segundo que Anuk me explica es algo que puede parecer un poco descabellado, y es que efectivamente al buscar el cese de los filtros, naturalmente es difícil catalogar esta quimera en una corriente fácilmente reconocible. /Nota: Incluso redactando este texto en el cuartel central electrónico de la revista, dejé el borrador de la misma con la etiqueta «escénicas» para encontrarme trabajando de nuevo en ella, pero redactando ahora bajo el mote de «visuales». Costumbre mía supongo…/ Así que para esto hay que entender una cosa, y eso es precisamente la traducción semiótica que le hemos impuesto -al parecer- en los países hispanoparlantes. Y es que el arte acción, aunque se represente para un público, se disponga de escenografía, utilería, vaya «un espacio vacío» -rem     emorando vagamente a Peter Brooke-, no es en su totalidad una muestra escénica. El arte como palabra ha ido adquiriendo a lo largo de los años un valor intrínsecamente relacionado a las artes visuales. Elegir el nombre de una corriente no suele ser del todo un ejercicio ingenuo, entonces el bien llamado arte acción es crucial para entender que ante todo, estamos presenciando una sucesión de imágenes, de símbolos o de discursos que se sustentan en el abstracto mundo de lo visual y de lo etéreo. Siendo vulgares, pues, el arte acción es una pieza visual «viva».

El shock es tomado como un elemento clave para muchos artistas del performance a la hora de componer una pieza, sin embargo no todo el performance es esto. Si escarbamos en disciplinas escénicas como el arte de asustar a través de la impresión, como nos sugería el pobre loco de Artaud, y queremos relacionar directa y sistémicamente su evangelio en funciones de la pieza, no entenderemos en su totalidad que los paralelismos, pocos o muchos, son solo muletillas para clasificar lo inclasificable de una muestra artística que apenas lleva al rededor de tres cuartos de siglo existiendo. Si entendemos que el teatro puede llegar a fungir incluso como pieza auditiva, en braile o sencillamente leída -más allá de la representación visual- queda claro que el performance busca llegar en pos de la vista y de los sentidos más inmediatos.

Ante todo, y aunque casi todos los artistas con los que he convivido, trabajado y conversado opinen lo mismo, Anuk y La Fulminante consideran su trabajo como un estilo de vida, porque como las pintoras heterodoxas que son, concilian su vivir y su cuerpo con el momento artístico y la experiencia estética que causan en su público. Otra de las cosas muy diferenciables entre el teatro y esta excomunión de los cánones artísticos es que en el teatro uno invariablemente «representa», se es actor, se es personaje con máscara, y aunque en ambos se entra y se sale constantemente de papel, en el performance uno adopta el suyo mediante dos niveles de realidad: Uno, cuando te encuentras amarrado de pies y cabeza sobre un altar; y dos, en el momento mismo en que eliges esta como tu profesión y tú, artista, quedas por completo marcado como aquel autor artífice de actos profanos. Ambos papeles forman parte permanente en la vida del artista accionero. Todo esto trato de procesar mientras frente a la mesa en la que estoy sentado asintiendo como merolico se discute qué tipo de corsé es más adecuado para la función de mañana y pienso que no me vendría nada mal un delicado.

 

III
Luego de acudir a la tiendita más cercana por una cajetilla de cigarros, Anuk y yo nos encontramos en el jardín interno de la casa/estudio, conversando de cualquier cosa, retazos de la orgía de información que acabo de recibir minutos atrás, mientras los jóvenes asistentes del taller se encuentran trabajando con La Fulimante los detalles más técnicos de su representación del día siguiente. El siguiente paso será conversar con estos sobre lo que esperan de todo esto, y sobre qué están haciendo aquí.

Carlos es un muchachito delgado y alegre. El modelo humano de un pavo real gay adolescente que se sujeta las manos y las piernas enmalladas, mientras trata de explicarme el significado de su performance. En fin, todo el concepto ronda los matices de la sexualidad como una construcción social. Me habla de la libertad personal, me habla de la identificación como ser humano más allá de «unos huevos y una vagina». Libertad, qué concepto tan más ambiguo. Especialmente cuando tus genitales muchas veces suponen los barrotes de tu jaula. Todos estamos de acuerdo en que hay que ser libres. ¿Luego qué? Como sea estoy totalmente de acuerdo con Carlos, más teniendo en cuenta en dónde vivimos. «Evidentemente soy un hombre porque tengo pene y huevos», me explica «pero qué pasa si los oculto, si me pongo senos. Ese es el tipo de reacciones que quiero capturar con la audiencia de mañana». The devil in details, dirían los gabachos…

De mientras, Valeria, otra de las chicas del performance -de hecho Carlos es el único hombre, había uno más al inicio de la semana, pero «no aguanto», alegó enfermedad y huyó. Escoria…- me ofrece cambiarme un delicado por un cigarro forjado de tabaco suelto, probablemente del cultural, acepto gustoso y al término de la entrevista salgo de la habitación para provarlo y revisar mis notas. Luego del interminable pitillo vuelvo a entrar para encontrarme el mundo un poco más de cabeza. Ahora Valeria está desnudándose y probándose aparatejos e indumentaria sadomasoquista y vestidos de colores vivos, adornado todo con una peluca rubia, contrastando su piel morena. Minutos antes de mi segunda huida técnica había sido su turno de hablar sobre su grano de arena en el cabaret. Valeria viene de una escuela católica. En eso la llego a entender por completo, y me imagino por qué hace lo que hace. Ella habla sobre la cosificación de la mujer, por tanto seré breve, pues al igual que el tema anterior, mucha más gente más apta y menos apática puede hablar mejor sobre este tema. Sólo mencionaré que como parte de su acto, el hecho de mencionar joyitas del albur como «No me pidas que me vaya, pídeme que me venga…» bien pudieron haber valido todo el precio del boleto. Hay que tomar nota.

Lentamente me acerco a la escena del desnudo como el que no quiere la cosa y me instalo lo más discretamente posible en un banquito de madera improvisado, ahora que mi asiento inicial ha sido invadido por todo tipo de artilugios y prendas exóticas. Valeria desliza, dobla y superpone remiendos y otras cosas a un vestido rojo carmesí a la Jessica Rabbit que deja entrever de vez en vez, un pezón grueso y moreno, ayudada por Carlos y supervisada por el ojo atento de la matrona Fulminante, deliberan sobre el mejor uso de la prenda y sus posibles combinaciones para su acto sexy/anárquico. Finalmente llega el turno de hablar con otra de las conspiradoras, una muchacha sencilla, de mirada taciturna y aspecto de estar aburrida, llamada Blanca.

Hay una cosa a saber de Blanca, y es que a Blanca principalmente le interesa la caca. Más que una fijación, Blanca ha de ser de los pocos seres humanos a un kilómetro o más a la redonda que encuentra en las heces su principal objeto de estudio, producto de su temprana exposición al trabajo del Marques de Sade. Blanca dice que nos tragamos peor mierda que la mierda misma que excretamos todos los días por allí donde no se asoma el sol, al menos para la mayoría de nosotros. Mis notas se encuentran plagadas de frases como «la sociología de la caca», «los tabús impuestos a los desperdicios fecales», etc. Así que el atento lector puede darse una idea sobre qué va el rollo. Como anécdota me platica sobre un performance recientemente realizado junto con Anuk en el que pasó aproximadamente una hora atada de pies y manos frente a un recipiente lleno con excremento y sangre, el cual posteriormente paso a untarse por su cara y pelo, todo esto para culminar con la felación de un cerote bien gordo, motivo de «sorpresa» por los asistentes del evento. Si usted amigo lector, se encuentra con un sano temor ante la pura idea de tener que aguantar semejante suplicio a partir de estas líneas llenas de filtros, tergiversaciones y falta de información, bien puede imaginar mi semblante al escucharlo todo de primera mano, tratando de compaginar el discurso escatológico con furtivas miradas a los senos firmes y morenos que a menos de metro y medio se balanceaban libres por ahí. Una maravilla del arte. Como sea, si todavía han permanecido en su cabeza estas imágenes, y principalmente no se imagina qué clase de monstruo podría hacerle algo semejante a otro ser humano, Blanca ha tenido éxito en su misión, pues precisamente el maltrato y la tortura forman parte de su discurso. Ella quiere que veas en primera mano lo que muchas personas a lo largo y ancho del país sufren todos los días. Con mierda, sin mierda y a pesar de ella.

 

IV
Hacemos un rápido paréntesis para hablar de la tortura y le menciono uno de los desquiciados inventos de nuestros antepasados, en el que un pobre diablo era amarrado a una balsa poco después de haber ingerido un potente laxante y era mandado a la deriva dentro un pantano repleto de parásitos e insectos esperando un banquete sin igual. El pobre diablo en cuestión no tenía de otra más que observar y sentir como millones de mosquitos, larvas, moscas, animales carroñeros y demás seres entrañables -en todo el sentido de la palabra- se acercaban ante sus aguados excrementos y encontraban una puerta abierta a un recinto cálido y húmedo, que además es un alimento en sí mismo. Imaginémoslo como una especie de «James y el durazno gigante» sin un final feliz. He aportado mi granito de arena a la perversión, espero poder ver eso representado algún día.

El final de la jornada se aproxima y ante tanta desfachatez, desnudo, perversión y diversión se me ha abierto el apetito para otro cigarro, el último en compañía de mis adorables monstruos. Valeria -tristemente cubierta- y yo salimos a compartir unas bocanadas de humo, a lo que poco después se suma Blanca. Si Antonio Ortuño asegura que si juntas a dos creadores en un mismo lugar, automáticamente empezarán a hablar mal de un tercero, parecer ser que si juntas a tres, automáticamente empezaran a hablar mal de las situaciones burocráticas que obstaculizan la libre creación de su obra. En ambas compañeras encuentro afinidad de práctica. Valeria quiere empezar a editar su propia revista literaria y Blanca talonea en los camiones al igual que yo. Le comento a Valeria sobre la regla del tercer número, escuchada de primera mano del director del FICG, Ivan Trujillo, en la que pasando de este número de edición en cuestión, puedes considerar que al menos en teoría, tu proyecto no sucumbirá tan estrepitosa ni deprimentemente, y hablo a ambas sobre la recientemente aprobada ley de mecenzago. Dejara de ser gestor, al fin y al cabo. Ambas muy interesadas me piden más datos y mezquinamente les ofrezco mi contacto.

Al final, y para variar, no prevaleció el asco. Entramos de nuevo a la casa, yo más que nada para echar mano de mis cosas y ellas para seguir trabajando. En lo que estábamos afuera alguien subió a Facebook la foto final para la publicidad del evento. Una simpática imagen con las posaderas de los miembros del taller al aire. Se empiezan a escuchar los primeros vestigios de la charla que en un principio esperaba escuchar. Bloqueos en redes sociales, crítica familiar, destierro. Lo normal. Anuk y su madre por poco olvidan una junta con alguien a pocas cuadras de la casa y tienen que «salir corriendo». Dejan a los demás como en su casa y yo aprovecho la ida para avanzar por el centro un poco más acompañado que como llegué. En el camino charlamos de proyectos y demás sinsentidos para esta crónica. En dos días se llevaría a cabo la presentación definitiva de los frutos del taller en El Embarcadero, presentación a la cual por desgracia no pude asistir debido a un compromiso de ver la obra de una amiga dramaturga y la posterior fiesta de aniversario de Amapola Cultura.

En la obra fui ridiculizado por mérito de mi amiga, quedando inmortalizado, al menos en esa función, como el novio «metalero gacho» de un travesti con el nombre de «Zayra» gracias al simpático texto. En la fiesta el ridículo fue por mérito propio. Lo que sí es seguro es que aquel sábado 29 de noviembre, mientras bebía dios-sabe-qué-cosa-sea esa que nos dan en las fiestas artísticas con barra libre a nosotros los cazadores de coctéles, no pude evitar pensar que al menos una semana al año, un grupo de personas -o de personajes, mejor dicho- conspira en el corazón de una de las ciudades más mochas de México, para aniquilar todo aquello en lo que cientos, miles de personas consideran correcto e inquebrantable, y que quizás, solo un gran y esquivo quizás, puedan empezar a convencer a más de una persona como yo de que amarrar a un individuo contra sus propios excrementos, tirar piropos desquiciados al público y sacarse un collar de perlas por la vagina puede llegar a ser una gran obra de arte. Al fin y al cabo, escoria semos todos…


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