Visitaciones // Pregúntale al Polvo

Advertencia al lector:
favor de amenizar la lectura con
«What a wonderful world» de Louis Armstrong.

 

Cierta mujer cosmopolita se ducha mientras un hombre espera acostado en aquella cama de sábanas también cosmopolitas. La mujer sale del cuarto de baño envuelta en dos toallas blancas. El hombre comienza a desesperar y decide matar el tiempo y abre cierto libro de Robert Walser en una página al azar. Éste se mantiene atento a cualquier movimiento en falso de aquella mujer que desnuda y frente al espejo unta crema en su cuerpo. Aquellos ojos que leen mantienen la mirada en el color pálido de la piel de aquella mujer de labios delgados y sonrisa melancólica. No han contado los días que permanecieron separados desde que en un impulso implacable él la dejó y viceversa. Aquel hombre viajó desde el sur para visitar el viejo amor que aquella mujer le tuvo y que todavía mantiene en un frasco sellado en la parte más recóndita de la alacena. Una alacena llena de vino blanco barato y salmón empaquetado y algas con wasabi. La mujer observa con atención al intruso que metido en sus sábanas blancas lee con atención y con el libro de cabeza a Robert Walser. «Voy a preparar café», dijo la mujer que se precipitaba desnuda y con delicadeza hacia la puerta. El hombre dejó de leer y siguió los pasos de la mujer, su mujer.

—¿Qué quieres, Jorge?.

—Saber cómo estabas.

—Estoy feliz.

—No parece.

—¿Podrías dejarme en paz?

—Tú comenzaste la discusión.

—¿Te acuerdas cuando fuimos a Los Ángeles? Caminamos por Bunker Hill como en John Fante.

—¿Es necesario seguir con la misma estupidez?

—¿Quieres huevos benedictinos?

—Eres más cosmopolita, mujer.

—Me habitué.

—¿Estás sola?

—Estoy contigo.

—¡No!, me refiero a si estás sola.

—¡Ahh! Eso, bueno sí, digamos que sí estoy sola. Pero, ¿a ti qué te importa? Me dejaste, ¿recuerdas?

— No te dejé, era lo que tenía que hacer.

—¿Y tú estás solo?

—No he podido recuperarme.

—¿Todavía me amas?

—Sí. ¿Por qué? ¿Tú todavía me amas?

—Sí.

— ¿Cuánto?

—Mmm… no lo sé. ¿Tú, cuánto me amas?

—Lo suficiente.

La pareja sigue sin contar los días que han estado separados, la mujer viste la camisa del hombre, el hombre viste la mirada de la mujer. Ambos sobre una mesa de madera frente a la vista de la ciudad de callejones angostos y niebla continua. «Que se quede el aroma a café toda la mañana», dijo el hombre vacío de palabras. A nadie le interesa la razón por la cual el hombre llegó a aquella ciudad cosmopolita y se coló en las sábanas blancas de aquella mujer también cosmopolita y hurtó una taza de café amargo de la cocina de paredes blancas en donde comenzaron el coqueteo quince minutos después de la visita que sorprendió a la mujer de manos lisas y pálidas que pintan con óleo en un balcón y en una azotea de cierto edificio al norte de la ciudad cosmopolita que hoy los ve desayunar juntos, lánguidos, temerosos de perderse el uno al otro y de perderse el uno en el otro y temerosos de mezclarse como se mezclan el café y el agua que bebían a diario como cuando se amaron por primera vez en México y en un antro en el centro de San Diego y a la orilla de Pacific Beach.

      Se dejaron una vez más. El hombre huyó al sur y la mujer a la azotea a seguir pintando lienzos con óleo, a seguir hablándole al atardecer y a detener el llanto, así como lo detuvo la tercera vez que él la dejó y la segunda vez que ella lo dejó a él. El hombre siempre deja notas en las mesas, en el buró, en la ventana, pequeños bofetones de cuentos, aforismos, pequeñas cartas para ella. Noventa y nueve letras exactas, siempre. En la puerta de entrada de aquel edificio de fachada vieja el hombre fuma un cigarrillo que tomó del buró de la mujer cosmopolita y en la azotea del edificio de fachada vieja al norte de la ciudad las manos de cierta mujer de piel blanca pintan un lienzo blanco con óleo magenta.

 

 

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